Ocho razones para ver «El niño», el próximo éxito del cine español

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La película de Daniel Monzón promete convertirse en el nuevo fenómeno de la gran pantalla tras «Ocho apellidos vascos».

Jesús Castro: ha nacido una estrella.

Estudiaba un módulo de Electrónica y ayudaba en una churrería. Vivía una vida anónima en Vejer de la Frontera (Cádiz). Hasta que «El niño» se cruzó en su camino. Los responsables de casting de la película llevaban meses rastreando Andalucía en busca de un rostro nuevo que pudiera encarnar al joven aspirante a narcotraficante. Un buen día dieron con Jesús Castro, que grabó una prueba que dejó al director, Daniel Monzón, con la boca abierta. El resto es historia: meses de entrenamiento y mucho mimo para pulir un diamante en bruto y sacar al animal interpretativo que llevaba dentro. Todas las quinielas le sitúan como el próximo actor de moda del cine español. Que tiemble Mario Casas.

Daniel Monzón, un valiente.

El cine de género es casi un proscrito en España. Más allá de la comedia, pocos directores se atreven a lanzarse a aguas que consideran demasiado peligrosas y prefieren dejarse llevar por la corriente. No es el caso de Daniel Monzón. El mallorquín ya demostró con «Celda 211», potentísimo drama carcelario, que rodar cine de género es más que posible y que el resultado no tiene por qué palidecer en comparación con los productos hollywoodienses. «Grupo 7», de Alberto Rodríguez, es otro ejemplo de que España puede producir estupendas películas de acción, atractivas y veraces a partes iguales.

Acción como nunca se ha visto.

Cuenta Daniel Monzón que no le gustan los derroteros que sigue el actual cine de acción. Demasiado ordenador, demasiada realidad virtual. Quería el director que lo que se viera en la pantalla fuera auténtico y que el espectador pudiera sentir cómo le salpicaba el agua en la cara durante las persecuciones a los narcos desde helicópteros. Esto implicaba, literalmente, rodar como nunca se había rodado y descubrir sobre la marcha cómo conseguirlo sin poner en riesgo la integridad de actores y equipo de la película. El resultado es, sin duda, espectacular.
Tosar cambia el chip.

En la filmografia reciente de Luis Tosar brillaban especialmente los papeles oscuros. El mejor, de largo, el que le brindó el propio Monzón en «Celda 211», donde daba vida a Malamadre, el inolvidable preso que lidera una revuelta y que pone los pelos de punta del espectador. Tampoco es fácil no sentir escalofríos con el inquietante protagonista de «Mientras duermes». Nada que ver con su interpretación de un policía dedicado a combatir el tráfico de droga en el Estrecho de Gibraltar. Una pirueta que demuestra su versatilidad.
Rostros nuevos, aire fresco.

No quería Daniel Monzón para su película actores extremadamente conocidos. Sentía, con razón, que si el público se encontraba con caras demasiado familiares percibiría la película como menos auténtica. Las elecciones del equipo de casting, más allá del bombazo de haber descubierto a Jesús Castro, resultaron un acierto: Jesús Carroza como «El Compi», Said Chatiby en el papel de Halil y Mariam Bachir interpretando a Amina así lo demuestran. Un trío del que solo Carroza contaba con un considerable bagaje (Goya al mejor actor revelación en 2007).

¿Cómo se mueve la droga en el Estrecho?

La franja de mar que separa España de Marruecos es, como cualquier región fronteriza, cruce de caminos e intereses, y no siempre lícitos. En esa extensión de agua se disputa a diario un peligroso juego entre policías y criminales. La droga y el contrabando fluyen en esos kilómetros cuadrados que concentran el afán de conseguir dinero de forma rápida y fácil y a espaldas de la ley. Cuando Jorge Guerricaechevarría, guionista de Monzón, le llamó la atención sobre lo que se cocía en el Estrecho, el director supo de inmediato que ahí había material para una buena película. Hasta tal punto que aparcó el trabajo de todo un año para producir una comedia negra.

La Policía, desde otro punto de vista

Monzón y su guionista convivieron con los dos bandos que retrata esta historia, buenos y malos. Policía, Guardia Civil y Vigilancia Aduanera le abrieron las puertas y le permitieron conocer de cerca sus métodos de trabajo. Más importante aún, se empaparon de la forma de hablar y comportarse de los agentes, captando su personalidad y volcándola en un guión que rezuma realismo. Algo muy de agradecer frente a los personajes planos y estereotipados que habitualmente nos encontramos en películas de este tipo.

¿La nueva «Ocho apellidos vascos»?

El niño tiene todas las papeletas para seguir la estela de «Ocho apellidos vascos» y convertirse en el tipo de película del que habla todo el mundo. Es cierto que la comedia de Emilio Martínez-Lázaro puso el listón muy alto y que es pronto para aventurar si el filme de Monzón se moverá en las mismas (y astronómicas) cifras. Pero tiene todos los ingredientes para arrasar. En su primer fin de semana no tiene excesiva competencia en la cartelera, y si el boca a boca y la promoción le dan un empujón, no sería de extrañar que se convirtiera en un éxito de público. El respaldo de la crítica ya lo tiene. La gran diferencia con «Ocho apellidos» es su presupuesto: seis millones de euros que la «obligan» a tener una buena carrera comercial.

 

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